Sobre la exposición “Imágenes Guardadas”, del Colectivo YoNoFui

El 9 de octubre, lxs estudiantes y el docente a cargo del Seminario de Estudios Urbanos y Experiencias Socioculturales, profesor Hugo Ferreira, realizaron una salida pedagógica en la que visitaron esta exposición en el Club Cultural Matienzo.

La sala donde se desarrolla la exposición funciona también como foyer de la sala teatral de ese espacio cultural. Si bien esto puede parecer atractivo para el público que espera para asistir al teatro, también le da un carácter de espacio de “tránsito” que no invita a detenerse, a sentarse y estar nomal. Entonces las y los estudiantes tomaron el salón, se sentaron, ocupamos el espacio.
En una de las paredes, antes de ingresar al espacio de la exposición, se relata quiénes son las gestoras culturales de esa producción y cómo fue el proceso creador:

“YoNoFui es un colectivo feminista que trabaja desde el año 2002 en proyectos de formación en artes, oficios y comunicación en diversas cárceles de mujeres y afuera, una vez que las participantes recuperan la libertad. Sus talleres tienen como fin acompañar el proceso de recuperación de la libertad y el de integración en la vida social y laboral de las mujeres cis, lesbianas, trans y travestis.
En agosto de 2016, el Servicio Penitenciario Federal le prohibió a YoNoFui ingresar cámaras de fotos y cualquier elemento para construirlas con las propias manos, como una cajita de fósforos y unos centímetros cuadrados de cartón con los que se realizan las cámaras estenopeicas. Aun así, el taller de fotografía no se detuvo. Las mujeres, adentro, imaginaron fotos que otras mujeres, afuera, sacaron a partir de sus relatos.
Esta prohibición integra la lista extensa de maltratos contra las personas privadas de libertad que incluye traslados arbitrarios, violencia física, psicológica, y aislamientos. Todas estas violaciones de derechos ocurren en un servicio penitenciario sobrepoblado y en condiciones de vida indignas. Quienes estuvieron detenidas salen de las cárceles con la salud deteriorada y muy pocas posibilidades de conseguir empleo. Restringir el trabajo que las organizaciones sociales hacen en los lugares de encierro empeora todavía más la vida de las detenidas.
Esta exposición busca poner fin a las restricciones al trabajo de YoNoFui, visibilizar el trabajo de las organizaciones artísticas en cárceles y denunciar las prácticas y arbitrariedad en el encierro”.

La muestra consistió en una serie de catorce relatos breves y sus correspondientes producciones fotográficas. Una de las paredes contenía las imágenes textuales, mientras que las otras tres que nos rodeaban incluían las imágenes fotográficas.
Lamentablemente, por una dificultad de horarios, una de las talleristas que estuvo más temprano ese día –y con quien llegué a conversar fugazmente– no pudo estar para relatarnos presencialmente el proceso creativo de las imágenes textuales y fotográficas expuestas. Así que sólo nos restaba contemplar la obra sin mayor información que la expuesta en la pared.
Mi propuesta pedagógica consistió, en primer lugar, en invitar a que cada estudiante encontrara una o dos imágenes –y su correspondiente texto originador– y las contemplara, a fin de poder hacer una puesta en común durante la siguiente clase. Luego, realicé una lectura a viva voz del texto “La Cultura en América” del filósofo y antropólogo Rodolfo Kusch: “Que los conceptos del autor los atraviesen y funcionen como resonadores internos mientras contemplan las imágenes”.

Los párrafos seleccionados fueron los siguientes:

“Eso de la belleza es un invento de la burguesía europea después de la toma del poder en el siglo XVIII. La belleza fue rescatada del mundo griego y donde tenía otro sentido, para identificarla con el arte renacentista, porque no se sentía la burguesía capaz de crear un nuevo arte. Y además permitía subvertir el arte a la sociedad de consumo. ¿Y lo bello qué era pues? Pues no más que armonía exterior a nivel decorativo, con falta de compromiso y de denuncia y por ende, un objeto fácil de consumo, como que se colocaba en el comedor donde se reunía la familia y que, en razón misma de su belleza, no debía cortar la digestión. Así piensa también nuestra pequeña burguesía americana. Tampoco ésta se suma a la cultura si no es como institución. La burguesía crea museos, salas de concierto, o habla de eternidad y universalidad sencillamente para ratificar que arte es materia de consumo y no de creación. De ahí nuestra crisis cultural. Es que la burguesía pareciera sospechar que la cultura no es algo quieto. ¿Será que advierte su sentido revolucionario?”

“El artista sabe que el arte es sacrificio mucho más que obra, porque cuando hace arte, especialmente ese artista que no crea para el consumo, sabe que el arte es sacrificio, de tal modo que cuando termina un cuadro no pretende haber creado una belleza para siempre, sino que le acosa de inmediato la angustia por crear un nuevo cuadro. No hay paz en la cultura, como que no hay belleza, ni tampoco universalidad, como pretenden los que no entienden nada de arte”.

“Algunos antropólogos pretenden que una cultura se conoce haciendo un recuento de los objetos culturales del indígena. Craso error. Es un criterio propio de la burguesía norteamericana. Ésta no sabe que la cultura indígena no es estática, sino dinámica. Su valor no se da en el inventario, sino en la función. Puedo describir un sacrificio de sangre, pero el sentido real de éste aparece recién cuando yo mismo lo efectúo para resolver un problema vital de mi comunidad. La cultura indígena es una cultura ritualizada. Por eso los indígenas nunca recuerdan bien en qué consiste ella. No tienen el inventario de su cultura. ¿Por qué? Porque su cultura está en función de su sentimiento de totalidad y ésta no se expresa sino en un ritual. Sólo así el indígena consigue afirmar sus raíces existenciales”.

“Pero, ¿cómo es eso? diría alguien: cuando escucho a Beethoven ¿debo hacer lo que hace el indio y repetir el rito de la creación de su música? Nadie lo haría ¿verdad? Pero he aquí la paradoja del arte. El que realmente escucha música y no anda, como las maestras gordas, suspirando por una música que no entienden o mejor, en el que sabe escuchar, en el fondo repite la música a nivel ritual. Es uno de los misterios del arte, que el buen burgués no conoce. Éste sólo consume y no ve otra totalidad que lo que se le ofrece como utensilio manual. Y la cultura tomada en toda su profundidad hace notar que de nada valen los utensilios, sino que yo soy el responsable de la cultura. Es otro aspecto del sentido revolucionario de la cultura. Lleva la revolución a la alcoba, precisamente ahí donde nos creíamos seguros de todo compromiso”.

“Una cultura americana no ha de consistir en ver alguna vez un cuadro y decir que ese cuadro es americano. Lo americano no es una cosa. Es simplemente la consecuencia de una profunda decisión por lo americano entendido como un despiadado aquí y ahora y, por ende, como un enfrentamiento absoluto consigo mismo. La cultura americana es ante todo un modo: el modo de sacrificarse por América. ¿Y qué saldrá de esto? No lo sabemos. Es absolutamente imprevisible. Y es esta misma decisión un poco hacia el absurdo, la que impide que haya hombres que la asuman. Es la consecuencia de nuestra sociedad burguesa. Ésta nos dice cómo hay que hacer para reunir dinero, pero no nos da, ni puede darnos, garantías para saber qué pasaría si nos decidiéramos por América. Siendo una clase altamente dinámica en economía, es absolutamente inoperante en los fines que trascienden esa economía. Por eso anquilosa visiblemente en toda América los medios de expresión”.

“Detrás de toda cultura está siempre el suelo. No se trata del suelo puesto así como la calle Potosí en Oruro, o Corrientes en Buenos Aires, o la pampa, o el altiplano, sino que se trata de un lastre en el sentido de tener los pies en el suelo, a modo de un punto de apoyo espiritual, pero que nunca logra fotografiarse, porque no se lo ve […].

Y ese suelo así enunciado, que no es ni cosa, ni se toca, pero que pesa, es la única respuesta cuando uno se hace la pregunta por la cultura. Él simboliza el margen de arraigo que toda cultura debe tener. Es por eso que uno pertenece a una cultura y recurre a ella en los momentos críticos para arraigarse y sentir que está con una parte de su ser prendido al suelo. Uno piensa entonces qué sentido tiene toda esa pretendida universalidad enunciada por los que no entienden el problema. No hay otra universalidad que esta condición de estar caído en el suelo, aunque se trate del altiplano o de la selva. De ahí el arraigo y, peor que eso, la necesidad de ese arraigo, porque, si no, no tiene sentido la vida. Es la gran paradoja de la cultura. Si por un lado es la más cruel de las revoluciones porque nos desnuda totalmente (pensemos en la desnudez de Van Gogh), por el otro es el definitivo domicilio en el mundo, como que tiene por misión una nueva Creación del mundo. Realmente no deberíamos entender las transformaciones, sino en este único sentido que brinda la cultura, como algo que apunta nada más que a mi vida aquí y ahora”.

Vuelvo a repetir una de las afirmaciones que hace el autor: “Puedo describir un sacrificio de sangre, pero el sentido real de éste aparece recién cuando yo mismo lo efectúo para resolver un problema vital de mi comunidad”.
Entonces hago la pregunta: ¿cuál es nuestra urgencia, nuestro problema vital, por el cual nos encontramos aquí? La siguiente clase, ya en nuestro espacio habitual en el ISTLyR, nos encuentra alrededor de esa pregunta.
A priori, la demanda de las artistas en contexto de encierro sería la recuperación de la libertad ambulatoria; y de aquellas que ya la recuperaron, poder reintegrarse eficazmente a la vida social.
Sin embargo, de todas las imágenes –textuales y fotográficas– que compartimos las y los estudiantes y el docente, una nos atraviesa a todas las presentes; es una imagen textual:

“El mate es ahora mi mejor compañía, me acompaña en el pabellón, en el taller de trabajo, en la escuela y ahora hasta en el Centro Universitario de Ezeiza (CUE). Lo conocí en este lugar, aprendí a tomarlo y a vivir el día a día compartiéndolo con mis compañeras que me enseñaron a olvidar la soledad y buscar la forma de entretenerme y olvidarme de la calle, y así transitando el poco tiempo que me queda de esta condena, llevarme un lindo recuerdo de aquí, que al menos aprendí a tomar un buen mate y es algo que nunca lo voy a olvidar y siempre lo llevaré en mi recuerdo”. Vanesa Pérez (Perú)

Buscamos entender en el grupo qué sucede en ese relato con el mate. Porque intuimos allí que el mate, entonces, deja de ser la hoja de ilex paraguariensis, ni ya interesa el porongo, la lata enlozada ni la calabaza; no interesa si es dulce, amargo o con chúker; ni las bombillas de caña ni de alpaca, ni siquiera la temperatura del agua –que diferencia un mate de un tereré-. Ya nada de eso importa y sólo resta ese suelo del que nos hablaba Kusch. Queda esta metáfora martinfierrista de la vida como condena, de aprender algo bueno y nuevo, a vivir el día a día y, sobre todo, a compartir. Nos queda este “saber olvidar lo malo” en la soledad y en la calle. “Compartiéndolo con mis compañeras” nos indica esa otra dimensión mucho más básica y trascendental, simultáneamente, del mate como un ritual del compartir, que se aprende, y que es un recuerdo que una persona puede llevar siempre en su recuerdo.
Y así, del mate, nosotras y nosotros comprendimos lo verdaderamente esencial, que es algo que aprendemos aquí en esta región, a tomar y a estar en situación y que es un ritual de encuentro con las compañeras y compañeros. El mate es también un asiento en el proceso de aprendizaje.
Y así también, una mujer peruana en situación de encierro en la cárcel de Ezeiza nos regala un brevísimo relato cultural que nosotras y nosotros estábamos requiriendo. Un retrato poético en el que emerge esa urgencia por lo comunitario y lo vital que contiene aprender a “tomar un buen mate”.

Profesor Hugo Ferreira

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